Íntimo y personal
Con la reapertura de esta newsletter, estoy reflexionando bastante en las últimas semanas sobre las formas en las que puedo acercarme a la escritura cinematográfica. ¿Qué camino debería recorrer? ¿Me adentro en la senda de la crítica tradicionalista con sus postulados absolutamente trillados o me someto a la escritura personal desde el YO donde el cine queda reducido a lo puramente emocional? No hay día donde un influencer cinematográfico no quiera relatar su vida a base de películas y que una gran editorial acabará publicando con la esperanza que el movimiento en redes sociales equivalga a la venta de unos pocos ejemplares. Recuerdo que cuando escribí mi primera crítica en Dirigido Por, me “pidieron” unos patrones tan prefijados que cuando acabé de reescribir mi crítica sentí que aquello no era mi texto, ni desde luego mi estilo. Sí, las reflexiones eran las mismas pero todo era neutro, contenido, imitando el supuesto no estilo de otros popes de la revista. No soy tan simplista para pensar que me querían a mí, era consciente que realmente lo que pretendían era publicar un texto de la película en cuestión al precio que fuera y que yo era meramente un accesorio… Lo que me pregunto es si merece la pena cansar al lector con la enésima cita directa a Bauman. Entiendo la escritura desde la proyección personal y más aún en algo tan subjetivo como la cultura. Hace relativamente unas semanas, leí aterrado un mensaje en Twitter de alguien diciendo que a él no le interesaba la crítica cinematográfica tal y como estaba concebida sino la ideología de las películas. ¡Pero a ver, alma de cántaro! ¿Qué ideología? Si el 90% de las producciones culturales como es lógico vienen de gente de izquierdas y si me apuras, te diría que la única ideología imperante es la capitalista. Pero bueno, explícale tú a un tuitero medio en época de la cultura de la identidad estas cositas. Entiendo por dónde van los tiros de la reflexión pero no hay que confundir lo personal con la proyección personal, son dos cosas diferentes.
He terminado de leer recientemente Hits, flops and others illusions: My fortysomething years in Hollywood, la biografía de Edward Zwick. No es un gran libro pero sí que arroja una gran mirada sobre lo que significa trabajar en Hollywood y la expresión personal. El pensamiento cinematográfico español está demasiado condicionado y codificado por la influencia de la crítica francesa. A nadie se le ha ocurrido siquiera plantearse si se pueden aplicar los postulados de la teoría del autor al cine de los últimos 20 años. ¿Podemos considerar a Edward Zwick, un director con cierto caché y trabajo estable durante 4 décadas en Hollywood como un autor o habría que acudir al manido término de artesano? Zwick muy inteligente articula el libro en paralelo donde lo personal y su vida se entrecruzan con lo cinematográfico. Su educación liberal, sus procesos iniciáticos en la madurez, su vida sentimental tienen su correspondiente representación cinematográfica dentro de su filmografía. Puede que El último samurai no tenga una visión personal per se pero es la consecuencia de una manera de ver el cine derivada de la obsesión de Zwick por Kurosawa o Lawrence de Arabia, a la que de alguna manera ha intentado perseguir durante toda su carrera.
Compruebo horripilado como algunos textos y valoraciones sobre Rivales esquivan de manera consciente el carácter deportivo de la película. Algún iluminado incluso se atreve a decir abiertamente que no se trata de una película deportiva. Si entendemos el arte y el cine como una expresión personal, es tan difícil entender que el deporte es una de las mayores expresiones a nivel personal que puede ofrecer el ser humano. No hace falta rascar mucho para entender que la deconstrucción que ejercen tanto Guadagnino como Justin Kuritzkes, guionista de la película y mi nuevo cuck favorito, atañen precisamente a esa imposibilidad de separar lo personal del deporte. No es casualidad que un cineasta que entiende el cine como expresión de lo sensual y lo corpóreo, se comprometa en esta fusión de lo emocional y lo físico con el deporte como manifestación suprema de ambas y desde el lado físico, al menos, como máximo enunciado de nuestras posibilidades como ser humano. El orgasmo de Zendaya (¿el único durante una película llena de sexo?) en el momento que ambos tenistas alcanzan el culmen de su juego y exprimen al máximo sus posibilidades como competidores va a ser uno de los grandes momentos cinematográficos de este 2024 precisamente como culminación de esa unión entre cuerpo y mente.
Por cierto, la jugada de Rivales y su deconstrucción de un partido mediante el ritual físico emocional me recuerda a la que lleva Isaki Lacuesta en Segundo premio a través en este caso, de la construcción en movimiento de Una semana en el motor de un autobús, disco de Los Planetas. Por mucho que nos intenten vender grandes discursos, hace años que la única verdadera política es la personal.


